LA PICONERA

LA PICONERA

martes, 3 de diciembre de 2013

AMOR PLATONICO


Toda persona guarda algún secreto. En mi caso, los secretos son muchos. Soy de la opinión de que la gente no debe saber todo de mí, me sentiría desnudo e indefenso.

He tenido mis historias amorosas (más bien sexuales) como otros tantos las tienen, y jamás he pretendido saber el pasado de ninguna mujer con la que he estado. Por eso me siento especialmente incómodo ante sus requerimientos de detallarle mi vida sexual. Nunca he accedido a ello, no porque me avergüence de mi pasado sino porque sería como violar la intimidad de esas personas que confiaron en mí.
Desde hace un par de años tengo una relación con una chica maravillosa. Nos vemos cuando podemos, pero eso sí, cada uno en su casa. Jamás ha salido de mi boca ninguna palabra de amor hacia ninguna de las mujeres que han pasado por mi vida. Solamente una vez he estado enamorado, pero hace ya tantos años que ni me acuerdo como era esa sensación.
Mi vida era plenamente satisfactoria en todos los aspectos, me sentía feliz, tenía mi vida ordenada a mi modo y no necesitaba nada más. No podía imaginar que todo mi mundo estaba a punto de tambalearse.

Hace poco más de tres meses la vi por vez primera. Cada día tomo el tren a la misma hora para desplazarme a mi trabajo. Una mañana como tantas otras, mientras aún me encontraba medio dormido recostado en el respaldo de mi asiento, la vi aparecer apresurada instantes antes de que se cerraran las puestas del vagón. Su pelo alborotado, su respiración acelerada, su viveza en la mirada, y una sonrisa que no parecía acorde con el estrés de llegar tarde al trabajo. Nuestras miradas coincidieron mientras buscada un asiento libre, y por un segundo se detuvo el tiempo. Me sonrió con esa sonrisa burlona de quien te descubre con expresión encandilada. Me saludó y se sentó frente a mí. Aún no sé qué me ocurrió. De repente y aunque parezca chanza, observé una aureola muy luminosa alrededor suyo, y desprendiendo un aroma como jamás había percibido. Me restregué los ojos, y descaradamente la miré a los suyos, devolviéndomela con una sonrisa. Seguidamente se enfrascó en la lectura en uno de esos aparatos de nueva generación para leer, y ya no elevó la mirada hasta que no llegamos a nuestro destino. Se levantó dándome los buenos días como si de música celestial se tratara  marchándose; y como un autómata me vi caminando tras ella sin saber ni hacia donde se encaminaba, una vez llegada a su destino, me percaté donde me hallaba, y tuve que salir corriendo para no llegar tarde a mi trabajo.
Durante toda la jornada de trabajo no salió su imagen de mi cabeza, y lo más curioso de todo, es que ni por asomo pensé en ella sexualmente, sino más bien, como si fuera una de las deidades de las que tanto había leído.
En el periodo de estos últimos tres meses, y en los cinco días de la semana, se ha seguido sentando frente a mí, los buenos días, la sonrisa, y mi paseo tras ella hasta su destino.
Nunca he sido hombre que se corte delante de una mujer, siempre me he dicho que el NO  lo tengo asegurado sino doy el paso adelante. Pero no sé qué me ocurre con ella, y alguna vez que he intentado entablar una conversación, la voz no me ha salido y hasta he sentido que tartamudeaba en silencio.
En los momentos de intimidad  con mi amiga, ella nunca ha estado en mi pensamiento, pero una vez acabado…me viene su imagen de sopetón, en la que me veo caminando cogiditos de la mano, o tumbado en el suelo mirando las estrellas y aspirando el aroma de su cabello, sintiendo el tacto de su piel y admirando su belleza, y lo raro, es que nunca he tenido un pensamiento erótico con ella.
También he intentado viajar en otro vagón, pero no puedo, me es imposible, la quiero ver y seguir llenándome de ella.
 Hoy me pregunto si estoy enfermo, y si necesito tratamiento psicológico.  
¿Es esto a lo que llaman los enamoradizos Amor Platónico, o a la vejez me he vuelto gilipolla?