LA PICONERA

LA PICONERA

lunes, 13 de enero de 2014

VEJEZ



Como cada mañana, observó su rostro en el espejo del baño y le costó reconocerse. Su identidad se había ido desfigurando hasta convertirse en un extraño para sí mismo. Los años de trabajos anodinos le habían ido socavando su espíritu jovial, y ahora, mirando el  semblante  apesadumbrado que se le mostraba, aceptaba su decrepitud resignado y sin aspavientos.
A veces, en momentos de rebeldía interna le parecía oír en lo más profundo de su imaginación, una vocecilla que le traía viejos recuerdos de tiempos en que los sueños aún sacudían sus convicciones, pero no eran más que leves susurros que se perdían en la lejanía. Su trayectoria parecía seguir un curso del que no podía salir, ni tan siquiera tenía sentido el plantearse abandonar esa rutina. Hora tras hora y día tras día, el pesado martillear del tiempo esculpía en su tosca figura las huellas del fracaso de un amargo periplo sin retorno.
Así transcurría lento y oscuro el devenir de sus días y de esa forma habría continuado hasta el final, de no ser por las  circunstancias que vinieron a arrebatarle de su retiro. Un destino al que se vio abocado en una reunión familiar, en el momento que dejó de ser útil para convertirse en una carga.
Una reunión, dos hijos y las oportunas nueras, siendo objeto de trueque, sorteo, y por parte de  la más fuerte del grupo con anuencia de los hijos, era pasaportado a un viaje sin retorno a una de esas residencias de 3ª edad con una triste maleta como toda pertenencia; y donde las visitas en fines de semana se fueron espaciando en el tiempo hasta convertirse en esporádicas. La  soledad se introdujo en su vida, llenándole de  irritabilidad,  hostilidad, aislamiento y tristeza, haciendo presa de él y sumiéndole en un estado comatoso con una acusada ausencias de miradas.
Las vueltas de la vida convirtieron un  billete sin regreso en un viaje de retorno. Su pensión que hasta la fecha no había sido necesaria, de repente era solicitada y deseada por esos mismos hijos entrados en crisis económica.
Sentado, abatido y escuálido  a la espera de una vuelta a la que fue su casa. Le vino una imagen  a la poca memoria que aún le quedaba, de un andén lleno de inmigrantes en busca de un futuro huyendo de su tierra llena de calamidades y pobrezas, tan sólo un par de maletas, una esposa y dos niños de corta edad, más un raudal de sueños y esperanzas junto con mil pesetas arrugadas y bien guardadas en el interior del calzoncillo. Le brota una lágrima al tratar de evocar a la madre de sus hijos y alegrarse de que no sea testigo de verle con una triste maleta a sus pies y el saber que pronto se reunirá con su amada esposa.