LA PICONERA

LA PICONERA

martes, 26 de noviembre de 2013

ENGAÑADA Y DESENGAÑADA


 ¡Sola por fin, agotada, pero satisfecha! Todo parece marchar mejor en estos últimos meses. Ya era hora que la vida me diera un respiro y dejara atrás esas lágrimas derramadas, ese retraimiento autocompasivo que hacía encogerme y esconderme de los demás en cualquier rincón de la casa, sintiendo vergüenza ante las miradas, y molesta ante los intentos de consolarme de aquellos a quien consideraba mis amigos, teniendo que soportar esas miradas maliciosas y a ratos compasivas de esos vecinos, conocidos e, incluso, de esos familiares que cobardemente no se habían querido involucrar, dejando que la pelota creciera y fuera rodando de aquí y para allá, dejándome en la ignorancia total, convirtiéndome en una burla, en una conversación de café sin importarles mis sentimientos. No los perdonaré nunca.
Con poco más de veinte años creí, ilusa de mí, alcanzar la felicidad. Me enamoré como una tonta, ciega, no tenía más ojos que para él, y cuando me pidió que viviéramos juntos, no lo dude un instante.

Me fui con él a una localidad cercana a la nuestra pese a la oposición de mi madre. Fueron años felices o eso pensé. Tuvimos dos hijos buscados y deseados que llenaban de alegría nuestro hogar y colmaron nuestros corazones. Teníamos intenciones de legalizar oficialmente nuestra relación, aunque no nos hiciera falta ningún papel que atestiguara nuestro amor, pero deseábamos compartir con nuestros seres queridos la dicha de un amor que duraba ya ocho años.
Una mañana de noviembre, mientras preparaba café para el desayuno, vi una nota de papel en el suelo al lado de la puerta. En ella me informaban que mi pareja llevaba más de un año teniendo una aventura con una amiga suya de la infancia que recientemente se había separado, que si no lo creía, podía preguntar a quién quisiera porque era algo que todo el mundo sabía, que yo era  la comidilla y objeto de burla del pueblo. Nunca supe quién escribió esa nota, pero hoy no dudo de que fue ella, la misma con la que mi pareja me engañaba y con la que aún continua.
Nunca le he pedido que me diera una explicación del porqué me engañó, sólo que fuese sincero y me dijese si era verdad. Lo hizo, y es suficiente.  
Cogí  mis hijos, los cuatro trapos que tenía y regresé con mi madre. Sin oficio, sin dinero, destrozada y sin saber cómo seguir adelante. Traté de encauzar de nuevo mi vida. A duras penas conseguí un trabajo que me proporcionó la estabilidad suficiente para tener una pequeña vivienda, aunque fuera alquilada. Me olvidé de hombres, a pesar que rondaban a mí alrededor. Poco a poco, la vida se fue ordenando. Como en todo proceso de pérdida, el paso del tiempo hizo que empezase a encajar esta nueva etapa de mi vida. La rutina entró de lleno, dormía mucho mejor, mi ex ya no era el protagonista de mis pensamientos y comencé a relacionarme con nuevos amigos. Los sueños y las ilusiones volvieron a renacer.
Al cabo de los meses, acepte una cena de un chico que desde hacía tiempo estaba interesado en mí. Sin darme cuenta, volví a enamorarme. Era  de nuevo feliz, aunque nunca le permitía quedarse en casa estando mis hijos, solamente los fines de semana que les tocaba a su padre.  A los seis meses de relación,  me desperté inquieta en medio de la noche. Mientras él dormía, no pude evitar dejarme llevar por ese impulso que te genera la desconfianza y cogí su móvil sin saber muy bien por qué. Para mi sorpresa, descubrí al leer sus mensajes que mantenía una relación con una conocida mía. Creo que no era tristeza lo que sentía, tan solo rabia y decepción. Lo desperté y con caja destemplada lo eché de mi cama y de mi casa. Por mucho que se justificara, por más que me dijese  que sólo era un juego de palabras, y que nunca había mantenido relaciones con ella, yo no tenía ganas de escucharlo. Tan solo quería que desapareciese de mi vista.
Hoy en día, no quiero saber nada de hombres. Estoy tan desengañada, que he dejado de creer en el amor. Tan sólo me aprovecho de ellos cuando los necesito. Mañana no sé lo que ocurrirá.