LA PICONERA

LA PICONERA

miércoles, 24 de octubre de 2012

RECUERDOS

 Esta espera se está haciendo interminable, el cansancio provocado por tantos  kilómetros recorridos empieza hacer mella en mí, pero tenía que intentarlo. Aunque esta locura que comencé hace meses, haya sido la causa de la perdida de mi empleo y hasta de los pocos ahorros disponibles que se me han ido diluyendo en esta búsqueda ciega, y a veces pienso que hasta sin sentido. ¡Nada me importa, tan sólo necesito verla para que me dé… un por qué!

Si un psicólogo analizara mi comportamiento desde esa maldita fecha al día de hoy, su diagnostico sería sin dudarlo “Trastorno obsesivo”. Pero erraría de cabo a rabo, sé lo que quiero, sólo busco una explicación si es que la hay y que abandone de mi cuerpo esta exudación con chorros de amargura.
Esta ciudad y esta dirección es la última y única esperanza que me queda. Si esta vez no doy con ella, me rendiré, volveré a casa e intentaré continuar con la vida que llevaba antes de conocerla.
Cuando me miro en el espejo casi ni me reconozco, además estoy muy cansado. A veces pienso que ni ella lo haría si me viera en este estado.

No sé las horas que llevo dentro del coche esperando que salga por esa puerta, apenas me quedan cigarrillos para combatir este sueño queme está venciendo. ¡Ahora no puedo cerrar los ojos, puede estar a punto de salir! Debo seguir con mis recuerdos, y evocar el día que la conocí para mantenerme despierto.
Era un día gris de un verano ya acabado. Ya no quedaban los clásicos turistas que hasta entonces habían abarrotado las playas y calles de mi pueblo. Estaba realizando mi paseo diario por el rompeolas y al llegar al final del mismo la vi, estaba sentada en el espigón abstraída en la lectura. En ese momento una ola se fue a empotrar cerca de ella y con el sobresalto se le cayó el libro entre las rocas, solícito me acerqué y se lo recogí, no sin antes echarle un vistazo a lo que leía, se trataba de una obra de Vallejo-Nájera titulada: Concierto para instrumento desafinado. Un libro raro, que por cierto yo había leído hacía tiempo, ella me dio las gracias y tras cambiar impresiones del libro, empezó todo.
Nos presentamos, dijo llamarse Cristina y que estaba pasando unos días de vacaciones y que residía en Madrid. La invité a tomar algo y aceptó. Era alta, ojos color avellana, cabellos rubios con mechas, bien proporcionada, un rostro anguloso, voz dulce y pausada, sobre treinta y cinco a cuarenta años, una edad no definida por su rostro juvenil.
Me contó que estaba sola en el pueblo, que debido al estrés acumulado en su trabajo se había tomado unos días de vacaciones.
Quedamos para cenar y que posteriormente le enseñaría la zona. Fue una velada encantadora, se reía, charlaba hasta por los codos ¡se la veía feliz!
Recorrimos el paseo marítimo cogidos del brazo, charlamos no sé cuantas horas, la llevé al hotel y me invitó a entrar, fue una noche maravillosa, la amé como nunca en mi vida lo había hecho.
Fueron días inolvidables, nos amamos, paseamos, reímos, jugamos, compartimos lecturas.
Un día al despertar me encontré solo en la habitación, la llamé y no me contestó, pensé que habría bajado a por el diario que cada día ojeaba, me dirigí a la ducha y pegada al espejo había una nota que tan sólo decía, "Adiós y gracias”.
Salí corriendo del hotel en dirección a la estación de autobuses, pregunté por los horarios a Madrid y no había salido ninguno, sólo había una salida para un pueblo cercano.
Pregunté en taquilla si había comprado billete una mujer con unas determinadas características que les di, me dijeron que no, pateé el pueblo de arriba abajo. Desesperado pregunté en el hotel, sólo me dijeron que había dejado la habitación pagada por un día más y que no me podían dar sus datos.
Subí a la habitación donde nos habíamos amado tanto ¡qué ciego había estado! No sabía nada de ella, sólo recordaba su aroma y su imagen grabada a fuego en mi corazón, recorrí la habitación en busca de algo, encontré los diarios que ella miraba por encima cada día, los repasé uno a uno y de pronto mis ojos se detuvieron en algo escrito a lápiz, un nombre, Cristina Paredes. Ahí empezó mi odisea en busca de una respuesta: ¿Que pasó?
Y aquí estoy, con las lágrimas amontonadas en los ojos y un pellizco que agarrota mis entrañas, derrotado, frustrado y sin ganas de vivir.
La congoja no me deja ver con claridad, pero de repente veo como se abre la puerta del domicilio que vigilo hace tantas horas. Una mujer sale, se dirige a un vehículo estacionado ¡Es ella, sí lo es! no hay duda, la reconocería en cualquier lugar.
El corazón me da un vuelco, salgo rápidamente y cruzo la calle, me dirijo hacia ella, me ve, se queda inmóvil junto al vehículo. En esos momentos se oyen gritos de niños que salen corriendo de la casa, dirijo la vista hacia el lugar, son dos niños con la cartera del colegio y detrás un hombre.
Cuando estoy a su altura, observo como me hace un gesto con la cabeza negando y la mirada suplicante, ya se han acercado los niños y el hombre.
Me vuelvo hacía ellos, les doy los buenos días y les pregunto por una dirección, él me señala hacia el lugar, le doy las gracias y los ojos de ella me lo dicen todo, creo ver una lagrima a punto de aflorar, me doy media vuelta y me marcho del lugar !En ese momento deseé estar muerto! 

Continuará....