LA PICONERA

LA PICONERA

martes, 22 de mayo de 2012

MI AMIGA Y YO

    Han pasado casi tres meses del encuentro con mi ex. Vuelvo a la rutina diaria, acompañado por el murmullo silencioso de los pocos aldeanos de edad avanzada que quedan en este lugar, el trabajo que realizo en casa, los paseos diarios por el campo que me tienen enamorado, algún que otro escarceo amoroso, y esta página que me sirve como desahogo para ir desgranando gradualmente parte de mis vivencias.

Cómo imaginaréis, al vivir casi aislado, para realizar cualquier trámite o compra, tengo que desplazarme a un núcleo más habitado cercano a mi zona de residencia.
Dos veces por semana bajo a dicho lugar, y como soy hombre de costumbres, la compra de alimentos la realizo siempre en la misma tienda, atendida por una señora de mediana edad, viuda desde hace unos tres años. Con el paso del tiempo hemos establecido una cierta confianza, y hasta la fecha no la he mirado como una posible conquista, quizás sea porque tiendo a separar mis instintos sexuales con las mujeres que puedan tener algún trato conmigo. (Excepto la chica que supervisó uno de mis trabajos, pasaje que ya narré en post anterior titulado, Adicta al Sexo)
Hace unos días mientras me estaba atendiendo, salió a relucir el tema de una película que habían echado en la televisión, la conversación derivó a que ella hacia más de veinte años que no había ido al cine, y en ese instante ¡clic! se despertó en mí el cazador. Dejé de mirarla como tendera, y comencé a observarla como a una posible presa, luché con mi otro yo por no seguir con la estrategia, pero fue más fuerte el instinto, a pesar de no querer complicarme la vida con ninguna mujer conocida ¡Al final salió vencedor el Don Juan que llevo dentro!
Le comenté que estaba de estreno una película titulada "Todo los días de mi vida" basada en hechos reales y que tenía muy buena critica, le dije que iría ese fin de semana a verla, que si le apetecía estaría gustoso de que me acompañase. En ese instante se quedó cortada, se escudó en que nunca había salido con ningún hombre desde la muerte de su marido, que tenía tres hijos mayores casados que no sabía como reaccionarían, y en lo que pensarían sus vecinos si la veían salir acompañada por otro hombre. Traté de quitar hierro al asunto y que solo se trataba de asistir al cine, le dejé mi número por si se lo quería pensar mejor.
De vuelta a casa sonreía al pensar en lo bien que me trataba la vida (Daba por ganada la batalla, en estos aspectos estoy muy seguro de mi mismo). Al día siguiente casi al anochecer, recibo una llamada… era ella, parecía ilusionada al decir que le encantaría acompañarme, que lo había arreglado todo y que sus hijos hasta la habían animado para que aceptara. Quedé en recogerla en su casa el sábado a media tarde.
Ese día cuando fui a recogerla casi no la reconocí, había cambiado su fisonomía casi un cien por cien, su ropa anodina y delantal de la tienda no le hacían mérito, llevaba uno de esos vestidos lisos muy ajustados que realzaba su cuerpo, subida en unos tacones muy finos y elegantes, un perfume que enseguida reconocí, quedando anonadado, entusiasmado, mis feromonas se activaron de inmediato al pensar en el final de la velada. (Y me volví a repetir… ¡Fibo, que bien te trata la vida!)
En el transcurso de la película la observaba de reojo y observaba como se emocionaba y que algunas lágrimas rodaban por sus mejillas, yo gozaba al ver como ella disfrutaba, le cogía la mano y ella instintivamente me la apretaba según se iban desarrollando las escenas, y una vez acabada la sesión de cine, nos fuimos a cenar y al final terminamos tomado unas copas.
De regreso la invité a mi casa, y ella aceptó con un movimiento de cabeza afirmativo, mientras yo conducía, mi mano se poso en su pierna e inmediatamente se la introduje debajo del vestido, a lo que no opuso resistencia, ya me la imaginaba desnudándola y me felicitaba por la noche que me esperaba.
Una vez en el interior de la casa, sin casi haber cerrado la puerta, la arrinconé contra la pared, desatándose ese instinto animal y primitivo, el cazador tenía a su presa acorralada siendo el dueño de la situación y comencé a besarla, estaba tan excitado que sólo quería saborearla, palparla y sentirla. Pero al instante me di cuenta, que mi pasión no era correspondida de igual forma, quise entender que era debido a su timidez, la cogí en brazos y la llevé a la cama, donde intenté desplegar todo mi saber, en una fracción de segundo, la miré a los ojos y estaba abstraída mirando el techo, como si la cosa no fuera con ella, me incorporé y le pregunté _ ¿Qué ocurre? A lo que ella me contestó que no pasaba nada, y que continuara que tenía que regresar a su casa, me dejó helado y más frío que el hielo, rápidamente le dije que se vistiera que la llevaba inmediatamente, me insistió a que terminara lo que había empezado, a lo que me negué en redondo y rogándole que por favor se vistiera rápidamente.
Entre balbuceos prorrumpió en sollozos desconsolados pidiéndome mil perdones, quería agradecerme lo bien que me había portado con ella, que no era su intención ofenderme.
Una vez calmada y vestida, empezó a narrarme su vida desde el día que contrajo matrimonio a los dieciocho años, con un hombre diez año mayor que ella. La noche de bodas que tanto ansiaba, fue una desilusión completa, su marido desde ese día le dejó bien claro lo que serian las relaciones sexuales, solamente le importaba su satisfacción personal, sin importarle nada lo que ella sintiera, y debía estar siempre preparada para cuando él lo exigiera, así pasaron los meses, hasta que un día se lo contó a su madre queriendo volver a la casa materna, esta le dijo que era la cuchara que había escogido y tendría que comer con ella, que estaba muy mal visto que abandonara a su marido y en lo que pensarían la gente del pueblo.
Las relaciones con su marido se espaciaron en el tiempo, una vez que dio a luz a su tercer hijo estas desaparecieron por completo, que nunca había tenido relaciones sexuales satisfactorias, que incluso lo había intentado ella sola, pero era como si estuviera atrofiada. Una vez fallecido su marido, había pensado en ir al médico y comentárselo, pero le daba vergüenza, al final se había acostumbrado a esa abstinencia.
Mientras me lo relataba, la imaginaba yaciendo en la cama, sumisa, pasiva, indiferente, esperando a que su marido terminase, para continuar las faenas del hogar mientras él descansaba su satisfacción personal.
La abracé contra mi pecho para tratar de sosegarla, su llanto era cada vez más intenso, la acaricié, traté de calmarla quitándole hierro al asunto, hasta que al final se quedó inmóvil y relajada. No sé el tiempo que permanecimos abrazados. Mientras mi mente se trasladaba a todas esas mujeres que han padecido y padecen vejaciones, maltratos y cualquier acto que las denigren, y las que por miedos, creencias, situaciones económicas, familiares o por el que dirán, se ven abocadas a permanecer con esos machistas y maltratadores aún a costa de perder la vida.
La volví a mirar y una inmensa ternura se apoderó de mí, la vi tan frágil y débil, que una lágrima rodó por mis mejillas.
En ocasiones hemos vuelto a quedar, no ha resultado fácil llegar al punto en el que nos encontramos actualmente, he tenido que vencer su falta de estímulos a base de que conociera su cuerpo y el mío. Sólo con caricias para poder activarla y que disfrute con ellas, hoy en día, ya puede sentir lo que en todos esos años le ha faltado. Me siento orgulloso de haberla ayudado y nunca olvidaré la felicidad que la inundó cuando tuvo su primer orgasmo.
En la actualidad nos seguimos viendo de vez en cuando, ella sigue haciendo su vida, y yo la mía sin trabas ni compromisos.