LA PICONERA

LA PICONERA

lunes, 18 de abril de 2011

CULPABILIDAD

      Juré  hace  muchos años, que nunca más volvería  a pisar la tierra donde nací. Una noche de finales de verano cogí mis pocas pertenencias, hice un hatillo, abandoné mi casa, a mis  padres y a mis hermanos, caminé durante días a través de trochas y caminos  hasta desembocar en un puerto donde embarqué como polizón, me alejé  de mi tierra y de mi país.

   Los años fueron pasando, he realizado un sinfín de trabajos alrededor del mundo, en petroleros, plataformas petrolíferas, en plantaciones etc.… hasta a veces en trabajos no muy honrados como el de mercenario en varios países donde mejor me pagaban. He sufrido humillaciones, a veces he sido feliz, otras no tanto, hasta buscar la muerte y nunca la he encontrado.

  Hoy, treinta años más tarde  y confundiéndome entre el gentío de los visitantes de Semana Santa, he regresado a mis orígenes, he estacionado el coche cerca de la casa que me vio nacer, he paseado y fumado cerca de ella, en la distancia he visto a mi madre muy anciana, las lágrimas no me han dejado verla bien y de repente toda mi niñez ha pasado por delante de mi mente.
   Quiero que sepáis que es muy difícil para mí lo que voy a contaros. ¿Cómo os relato lo que he vivido hoy? ¿Cómo  describo  lo que he sentido? Mi niñez pasando por mis ojos, volver a recordar a mi madre calle abajo con el cesto en el  cuadril y cuando me gritaba  ¡niño, venga para casa que te vas a hacer polvo las rodillas! Y yo continuaba jugando con la pelota y mis amigos.
  Calles que  casi no recordaba y las pocas que he reconocido, tan distintas, todo me ha parecido más pequeño, más estrecho, no sé, todo raro, he ido recordando lo  que había aquí y que allí, donde estaba la peluquería, donde compraba el vino para mi padre, donde estaba la tienda, hasta el nombre de la tendera he recordado.
   Me parece mentira como se han ido agolpando todos esos recuerdos, recuerdo a  mi íntimo amigo que vivía frente a mi casa, no sé qué habrá sido de él y de sus padres, también al vecino de al lado, que  un día hicieron un hato y emigraron.
 Nadie me ha reconocido, tampoco yo he reconocido  a nadie,  no sé nada de mi padre ni de mis dos hermanos, no sé si siguen  vivos o qué ha sido de sus vidas.
  Después de haber recorrido todas su calles y revivido toda mi vida, me dirijo hacía el cementerio del pueblo, motivo real por el que he venido antes de que todo llegue a su fin,  la  visita a este lugar es donde está la causa de mi huida y de la pena de mi familia, luego regresaré por donde he venido.
_¡Aquí estoy hermano,  perdóname por no estar ahora contigo, he sido un cobarde, he querido hacerlo muchas veces y tan sólo he sabido huir de tu recuerdo y de mi culpabilidad… ya pronto estaremos juntos  y ya nadie nos separará.
-¿Eres tú Fibo?
¿Quién eres?
-Soy Antonio, tu amigo ¿no me reconoces?
Si, ahora sí,  has cambiado mucho
-Los años no han pasado en vano Fibo, no pareces el mismo, te he reconocido porque sigues pareciéndote a tu padre.
¿Qué haces en el cementerio Antonio?
-Soy el enterrador y te he visto entrar, en un principio  no sabía quién eras, es por eso por lo que me he acercado y al verte arrodillado en esta tumba y oírte he sabido quien eras.
 Por nuestra amistad, quiero que me prometas que no dirás a nadie que me has visto.
-Si es lo que deseas, así  lo haré,  aunque  no sé si sería bueno que supieran que has estado aquí, todos te suponen muerto, tu padre murió del disgusto de tu marcha, tu madre está muerta en vida y no soportaría saber que has estado vivo todos estos años sin dar señales de vida.
¿Qué es de mis hermanos?
-Tus hermanos están casados, tienen una par de hijos cada uno que son la alegría de tu madre, uno de ellos es muy parecido a ti,  es su preferido, creo que es por eso, además lleva tu nombre.
-¿Qué has hecho en todo este tiempo?
He viajado por el mundo queriendo olvidar, pero no he podido.
- ¿Por qué te fuiste? Nadie te acusó de nada, fue un accidente y  no tuviste la culpa, cuando desapareciste salió todo el pueblo a buscarte, tu padre no descansó hasta su muerte un año después, dicen que  falleció de la pena.
Si, fue culpa mía, no debí quedarme dormido y dejar que mi hermanito jugara sólo y más sabiendo lo que le gustaba el agua y estando la alberca a un paso, se ahogó, yo no pude hacer nada, mi padre con la mirada me lo reprochaba a cada instante, él era mi responsabilidad y además me lo había llevado a esa dichosa balsa. No pude soportarlo, fue  por eso que me fui.
-¿Y ahora que harás? ¿Te has casado, tienes familia?
Volveré a  mi aldea, a mi soledad y a esperar lo que pronto tiene que  venir. No, no me he casado ni tengo familia.
Con Dios Antonio.
-Con Dios Fibo.