LA PICONERA

LA PICONERA

jueves, 24 de marzo de 2011

MIS RECUERDOS

      A lo lejos, suena el gallo de mi vecino Rogelio siempre a la misma hora como un reloj. Ya llevo un buen rato despierto oyendo la radio, otro día más como cualquier otro, me levanto cansado de estar en la cama, el mismo silencio de cada mañana solo roto por el gorgoteo de los pájaros que habitan en el viejo y majestuoso roble que domina como un soldado en guardia todos los alrededores de mi casa.

    La mañana comienza a clarear, adivino un día claro, observo sin ser visto desde la ventana a una de las parejas que felices anidan en el roble, como salen en busca de comida para sus polluelos y estos que impacientes esperan, ellas con una esperanza puesta en el nuevo día y yo en un día más.

   Desde hace año vivo solo, mis polluelos ya volaron hace tiempo del nido, siempre me han animado a que rehaga mi vida, dicen que aún soy joven, que me queda mucho por vivir y ver... y que no es bueno vivir en soledad. Quizás tengan razón, pero ya son muchos años sin pareja y me he acostumbrado a esta forma de vida. 
   Me levanto, me hago mi café de la mañana, enciendo el ordenador y miro si me han hecho algún comentario en una página donde escribo mis cuatros chorradas, si ese día no trabajo, leo otros blogs y hago comentarios sobre lo leído, a veces me sorprende la calidad de muchos de los escritos. Hoy no he amanecido muy católico, me siento raro, algo así como melancólico y me ha venido a la mente mi madre, mi familia, quiero recordar cuando era niño y mis padres cuidaban de mí, pero mi memoria ya no alcanza mucho, lo primero que se me viene a la mente es la casa donde fui tan feliz, allá en el pueblo, una vivienda de dos alturas, muy grande o quizás no tanto y era más bien la pequeñez que tenia lo que me hacía verla inmensa.

    Recuerdo que en la parte baja vivían mi abuela y tía paterna y en la superior mis padres, mis dos hermanos y yo, la recuerdo como algo muy hermoso, con ese olor a tahona que desprendía la cocina de mi abuela y que impregnaba la casa cada mañana, de ese olor tan característico a pan recién hecho. Y esas noches de lecturas después de la cena en la que mi madre o mi abuela nos deleitaban con algún cuento o novela histórica, y otras amenizadas por la música de la guitarra española que mi abuela rasgaba tan bien y acompañada por el cante de nuestra tierra con la que mi padre se arrancaba. Solo alumbrados en la noche por un viejo candil de aceite y la luz que proporcionaba la leña al arder en la chimenea, ya que en aquel tiempo no teníamos luz eléctrica.

   Desde que yo recuerde, siempre me he levantado muy temprano, en cuanto escuchaba a mi madre que lo hacía, yo me levantaba tras de ella, la veía trajinar en el fogón de carbón que teníamos en la casa y como preparaba el café de puchero que a ella tanto le encantaba y que hizo que a mí también me gustara.

   Después de tomarse su café, me preparaba un buen tazón de leche con gofio que como oro en paño administraba hasta que su hermana le enviara más por correo, junto con otros productos de su tierra, cosa que hacía cada mes desde que mi madre se vino a la península después de casarse con mi padre, ya que estos se habían conocido mientras este realizaba el servicio militar. Mi madre, a pesar de los años que llegó a vivir en la península, jamás se olvidó de sus costumbres, sus comidas iban siempre acompañadas con su gofio en cualquiera de sus variedades, sus papas, su millo y sus mojos, así como su atún guisado y sus caballas. Sé con el paso de los años, que a mi madre le gustaba que yo estuviera ahí a su lado cada mañana, me contaba sus historias y costumbres de donde ella había nacido, eso hizo que me sintiera cada día más identificado con su tierra, mas que con la que había nacido y vivía, sintiéndome orgulloso de ese lugar que por aquel entonces aún no había visitado en persona, pero si volado con la imaginación.

  De repente, me sacaba de sus historias, conminándome a terminar el desayuno y a ponerme a repasar la lección del día, siempre con esta frase, “Quiero que seas hombre de provecho”.

  Ahora se me viene a la mente una escena en mi casa con mi madre, yo al pie de las escaleras y ella en la parte alta de la misma, diciéndome: ¡Eh gitanillo, sube! jajajaj a veces me llamaba así.

   Yo le decía a mi madre... no mamá, no quiero subir que me regañas y me pegarás, y me parece oírla como fuera ahora mismo con esa voz tan dulce que tenía y que tanto me agradaba, tan diferente a las demás voces de las madres de mis amigos ¡Anda sube! ¿Cuando te he pegado yo? Al final me convenció, subí las escaleras con el temor de lo que pudiera pasarme y ella sin contemplaciones, me cogió de la mano y con la zapatilla de andar por casa que tenia escondida, me dio dos veces en el trasero y me recriminó la travesura de ese día, aún así lo recuerdo con cariño porque era una forma de forjarme y nunca lo hizo utilizando la fuerza. Hoy quiero recordar el motivo por el que lo hizo, sólo por curiosidad, no porque este me haya marcado y por más que pienso, no consigo recordarlo ¿porqué no le preguntaría en su día? Es raro, pero es la única vez que yo recuerde que mi madre me atizara. ¡Cuantas cosas debí de haberle preguntado y no lo hice!

   Maldita sea mi memoria y maldita sea la edad que no me deja recordar tal como era yo cuando mi madre estaba conmigo.

  Unas lagrimas afloran y me enturbian la vista recordando a mis padres y cuanto los hecho de menos.

  En memoria de mi madre, la mujer que más he querido.