LA PICONERA

LA PICONERA

lunes, 31 de enero de 2011

CRISTINA Y FIBO

      Las colillas se acumulan en el cenicero del coche, llevo horas sentado en él, no me importa el tiempo, no me moveré de aquí hasta que no la vea con mis propios ojos.

    Han pasado 385 días, muchos kilómetros recorridos y diferentes lugares visitados hasta llegar aquí, he perdido mi empleo, los ahorros se han diluido en su búsqueda, no me importa nada, tan sólo necesito una respuesta.

   Estoy cansado, me miro en el espejo y no me reconozco, a veces pienso que hasta ella misma tal y como estoy ahora, pasaría por mi lado sin percatarse de que soy yo, pero yo a ella, aunque pasaran cien años o cambiara su fisonomía, la reconocería entre un millón de mujeres.

     El sueño me vence, no quiero cerrar los ojos, vuelvo a evocar el día que la conocí, ella estaba en el espigón, era un día gris, abstraída en la lectura de un libro.

    Yo la observaba en la distancia, en un momento, una ola se fue a empotrar cerca de ella y con el sobresalto se le cayó el libro que estaba leyendo entre las rocas, solícito me acerqué, se lo recogí, no sin antes echarle un vistazo a lo que leía, se trataba de una obra de Vallejo-Nájera, titulada: Concierto para instrumento desafinado. 
   Un libro raro, que por cierto yo había leído hacía tiempo, ella me dio las gracias y ahí empezó todo.

    Nos presentamos, dijo que se llamaba Cristina que estaba pasando unos días de vacaciones, y que residía en Madrid.

    La invité a tomar algo caliente ya que la temperatura era baja y aceptó. Era alta, cabello rubio con mechas, bien proporcionada, rostro anguloso, voz dulce y pausada, sobre treinta y cinco a cuarenta años, una edad no reflejada por su rostro juvenil. Me contó que estaba sola en la ciudad y que a causa del estrés acumulado por su trabajo, se había tomado unos días de vacaciones.

   La invité a cenar y a mostrarle el pueblo, fue una velada encantadora, se reía, charlaba hasta por los codos ¡se la veía feliz!

    Recorrimos el paseo marítimo, ella se cogió a mi brazo, charlamos no se cuantas horas, la llevé al hotel, me invitó a entrar, fue una noche maravillosa, nos amamos como nunca en mi vida he llegado a hacerlo.

    Fueron días maravillosos, hicimos el amor ciento de veces, la amé, me amó, paseamos, reímos, jugamos, compartimos lectura.

    Un día al despertar, me encontré solo en la habitación, la llamé y no me contestó, pensé que habría bajado a por el diario que cada día ojeaba, me dirigí a la ducha y pegada al espejo, había una nota que tan solo decía... Adiós y gracias por todo.

    Salí corriendo del hotel, me dirigí rápidamente a la estación de autobuses, pregunté por las salidas a Madrid, no había ninguna programada, tan solo había una salida para el pueblo de al lado.

   Pregunté en taquilla si había subido una mujer con las características que le dí, me dijeron que no, pateé el pueblo, pregunté en el hotel por los datos de ella, y cuando había salido, tan solo me dijeron que había dejado la habitación pagada por un día más y sus datos no me lo podían ofrecer.

    Subí a la habitación, “que ciego había sido”, no tenía nada de ella, tan solo su aroma y su imagen grabada a fuego en mi corazón, recorrí la habitación en busca de algo, quedaron tan solo los diarios que ella leía , los repasé uno a uno y de pronto mis ojos se detuvieron en algo escrito a lápiz, un nombre, Cristina Paredes. Ahí empezó mi odisea en busca tan solo de una pregunta, ¿Qué pasó?

    Y aquí estoy, derrotado, frustrado y sin ganas de vivir, tan solo espero verla salir de la casa. De pronto se abre la puerta del domicilio que vigilo, una mujer sale en ese momento, se dirige a un vehiculo estacionado, ¡es ella, sí, lo es! no hay dudas, la reconocería en cualquier lugar. El corazón me da un vuelco, salgo rápidamente y cruzo la calle, me dirijo hacia ella, me ve, se queda parada y estupefacta con la puerta del coche en la mano, se oye unos gritos de niños, dirijo la vista hacia el lugar, son dos niños con la cartera del colegio y detrás un hombre.

Continuara…..