LA PICONERA

LA PICONERA

miércoles, 15 de diciembre de 2010

¿QUE NOS PASA?

  En esta época donde vivimos, y donde todos sin excusa vamos con prisas como si el mundo se fuera acabar, no nos importa nada de lo que ocurre a nuestro alrededor, tan solo nos interesa nuestro bienestar, lo que le sucede al vecino no nos incumbe y que cada cual que se las arregle como pueda.

  Queremos estar a la vanguardia, no importa si para conseguir nuestros objetivos tenemos que pasar por encima de los demás, primero yo, después yo y si queda algo, también para nosotros.

   Para salvaguardar nuestra integridad moral, nos jactamos de que damos limosnas (palabra maldita) y ayudamos en lo que podemos dentro de nuestras posibilidades, estamos dispuestos a socorrer en lo que haga falta, somos el primer país en donaciones de órganos, el primero en ayudar al tercer mundo y apadrinamiento de niños a través de ONG, etc., pero eso sí, siempre lejos de nosotros y que otros se encarguen de administrar tus limosnas. 
  Mi reflexión viene de como es nuestra sociedad actual, valoramos a las personas por lo que han conseguido, por su belleza, por su salud, por sus medios económicos e ignoramos a esos prójimos que por un motivo u otro no son iguales a nosotros, no quiero decir que los defenestremos, sino mas bien son vidas que por sus deficiencias no están a la altura del resto y al tenerlas cerca, pasamos a hurtadillas no haciéndonos notar.

  No sé estadísticamente las personas que de un modo u otro son deficientes o disminuidas, ni sé exactamente la palabra para definirlas, aunque a mi modo de pensar, no tendría que haber ninguna palabra que los encasillara en ninguna parte, pues todos somos deficientes o disminuidos, no hay nadie que se pueda catalogar como perfecto.

  Todo esto viene por un caso que conozco desde hace tiempo y donde cada día de la semana en días laborables ocurre en una estación central de trenes y autobuses provenientes de casi todas las provincias de España.

  Miles de personas pasan cada día por ese lugar, los que lo hacen a una determinada hora, observan a un niño de unos diecisiete años, que podemos definir que no es como los demás de su edad y a su madre a su lado cada día de la semana laboral.

   Este niño se traslada en autobús desde su domicilio a un centro especial acompañado por su madre, el traslado dura apenas quince minutos, pero a esta persona en particular le puede durar hasta dos horas.

  ¿Cuál es el motivo de esa tardanza ?.....muy fácil, el niño se ha acostumbrado a unos conductores y mientras no vea que es uno de ellos quienes los conducen, es imposible que se pueda lograr que se monte en él

  Dejemos a un lado al niño que no es motivo de este escrito, sino más bien su madre, una mujer joven de edad y mayor en su aspecto.

  Cada vez que la he observado y son muchas; la escena de ella con su hijo sentados en un banco de esa estación, tejiendo algún jersey o haciendo encajes de bolillos, su rostro a pesar de lo avejentado que está, desprende una dulzura como jamás he visto nunca, no la he visto nunca un mal gesto hacia al niño, siempre atenta a los requerimientos de este, una paciencia inusitada a pesar de las horas que se pasa sentada en el banco hasta que el niño decide subir al autobús, en cada arruga que tiene su rostro se vislumbra el amor que siente por él; el niño la mira embelesado, sabe que su madre está ahí, quien le ayudara en cualquier momento, quien le limpiará la baba que se le cae por la comisura de los labios, quien de vez en cuando le coge la mano y se la besa, quien le atusa el cabello y posa sus labios en su cabeza para calmarlo.

  Y mientras tanto, miles de personas pasan a su lado sin tan siquiera mirar, sabiendo que sí, que están ahí, pero esa imagen no es para ellos, tienen mucha prisa, no se preguntan en que pueden ayudar, ya harán las donaciones necesarias para calmar sus conciencias.