LA PICONERA

LA PICONERA

jueves, 9 de diciembre de 2010

ATANASIO

Comienzo por describir a un matrimonio muy mayor, sobre ochenta años de edad, él, tenía una vitalidad rara para sus años, siempre con el cigarrillo casi apagado en la comisura de la boca, usaba boina y casi siempre con pantalones de pana con parches de otro color en las rodillas, casi siempre se le podía encontrar de cháchara en el parque por las tardes con los demás vejetes y por las mañanas bien temprano a la puerta del mercado de la localidad, siempre puesta la vista en las mujeres que llegaban, para todas tenía siempre unas palabras bonitas sobre su anatomía, ninguna se enfadaba, ya que lo conocían de sobra.

La mujer, apenas salía de casa, le perdonaba todo a su marido, porque en realidad ella sabia lo que la quería y lo bien que se había portado con ella y los hijos, pero tenía un defecto, le gustaban las mujeres y ella se lo echaba a chirigotas sin darle importancia, siempre decía que era cosa de la vejez y que ya chocheaba.

A principio de mes, era el primero que llegaba a la puerta del banco para cobrar la pensión, la cobraba y se lo llevaba integro a su mujer, menos cinco mil pesetas (Treinta euros) que decía que se quedaba para los gastos suyos durante el mes.

Lo que no sabía su mujer, era, que una de sus nueras que lo quería como un padre, le compraba tabaco y le daba para que se tomara algún vinillo que otro con sus amigotes.

Más unido a que se dedicaba a contar historias de la guerra civil y los vinillos le salían gratis, siempre tenia sus ahorrillos bien guardados.

Lo que no contaba él y casi nadie sabía, era que una vez por mes, se iba a una casa de cita con meretrices, donde era conocido como “El abuelo cipoton”.

Pero hete aquí, que en unas de esas visitas, cuando estaba con una de las chicas en la habitación, con los pantalones bajados y encima de ella bien armado, le da un patatús y se queda en el lugar, la chica empieza a gritar, llega el encargado del local, ve el panorama, el abuelo encima la cama con su boina puesta y desnudo, con su miembro de más de un palmo de larga y gorda, toda tiesa y mirando hacia el techo.

Empiezan los nervios del encargado del local, ¿que hacemos? ¿A quien llamamos?

Las chicas del local dan cada una su opinión, que si a los hijos, a las nueras, no se aclaran.

Al final deciden llamar al médico y a la Policía Local, los cuales se personan en el lugar al cabo de media hora.

El médico observa la espalda y la ve toda morada, dice que ha sido un infarto y se llama a la funeraria y al juez de paz para el levantamiento del cadáver.

El juez pide que se vista al difunto, que no es manera de que lo vea la familia en tal estado y que se llame a los hijos.

Los de la funeraria, recogen los calzoncillos del suelo y se lo ponen, pero son de estos que antiguamente eran abiertos por delante, y una vez colocado y con el rigor Morten, el miembro que se ha quedado tieso, se sale por la parte delantera de los calzoncillos.

Los de la funeraria se dirigen al Juez de Paz y le preguntan, ¿Qué hacemos con eso? Si le ponemos los pantalones se notara mucho, bajo la risa contenida de los demás testigos que hay en el lugar, con perdón del difunto.

- Y a mí que me dicen, contesta el Juez, vosotros sois los expertos.

-Sí, en eso tiene razón Señor Juez, pero no para bajarle eso al viejo, le contestan los de la funeraria.

En esto, el más veterano de los Policía locales, le solicita permiso al juez de paz para lo que quiere hacer, el le da su consentimiento.

Coge una cuerda y se la ata al miembro, haciendo fuerza logra tumbarla y la acuesta sobre la pierna atándola sobre esta, seguidamente ya logran ponerle los pantalones sin que se note mucho.

En uno de los bolsillos del vejete buscando la documentación, se encuentra una nota que decía

Mi churra hermosa nació,
Era el juguete de mis tías cuando era pequeñita
Después de descapullarla mi madre.
Más hermosa creció.
Y para fortuna de mi mujer
Ella disfrutó
Una vez que ella no quería.
Otros chochos buscó
Si alguien lee esta nota
Es que ella ya murió
Batallando hasta el último momento
Así su vida se apagó
Gracias cipote mío, has cumplido.

El resto de lo que ocurrió después, será otra historia que quizás algún día contaré.